14 mayo 2007

Salsa


Hay algo que me pone frenética, que consigue sacarme de mis casillas y que estoy segura, delante de cualquier jurado, justificaría el crimen.

No soporto la combinación “Helena + Programas de Cotilleos”. Si ya por separado cuesta lo suyo hacerse a la idea de que existen y están ahí, la unión entre ambos es una bomba de relojería. Insufrible. Incomible y todos los “in”, hasta los inimaginables.

Estoy segura de que morir en un paredón de fusilamiento tiene que doler menos o por lo menos debe ser más rápido y menos consciente.

-Tacones, ¿no vienes?
- A dónde Helena.
-Niña, quédate quieta ya y siéntate aquí conmigo.

Helena es una maruja no confesa. Por mucho que sus joyas digan lo contrario, o que sus ropas de firma la hagan parecer una mujer sofisticada, y su cuerpo un lugar delicado donde yacer, cuando Helena está en casa, puedo jurarlo, se transforma en una maru-termanitor. Con sus manías de fregona, sus cremas, sus pedicuras y manicuras, sus comidas y sus batas, y, sobretodo, su televisión con sus chismorreos, y sus cotilleos, y sus cosas sobre otros que a mí, particularmente, no me interesan.

-Tacones, es que la Pantoja debería ir a cárcel. Sí, y la Zaldívar también…
-Helena, por mí como si las llevan a Guantánamo- le respondo desde la cocina.
-Qué desagradable eres. Tú dirás lo que quieras, pero es que no es justo lo que han hecho.
-Helena, lo que no es justo es lo que pasa en Irak, o en Afganistán o a la vuelta de la esquina… Bueno, qué más da…
-¡Pero coño! ¡Eso está tan lejos!- me responde como si realmente pensase lo que dice.

Y es que a veces, me da la sensación de que conmigo vive Susanita, la amiga de Mafalda. Tan simple como la sopa que la protagonista aborrecía.

-Joder Tacones, si es por echar el rato… Pero mira que te diga… ¿tú sabías que Julián Muñoz se había puesto en huelga de hambre?! Fíjate, como el terrorista ese…
-El terrorista ese… Joder Helena… ¿Por qué no te vas en busca y captura de alguien y de paso, a tomar el fresco? Es sábado mujer...

Y de pronto me siento como la madre soltera de una veinteañera con unas ganas horribles de que la niña se vaya a dar por culo a otro sitio y me deje en paz. Es mi casa, y por más que se lo explico, no le queda claro.
Es cierto, Helena es mi amiga, mi mejor amiga tal vez (cosa que aún no entiendo pero es) pero esta adicción suya por los tomates y las salsas no tiene perdón.

-Pues vete tú con tu Doctor, coño.
-Helena, no me calientes- me siento con ella y veo la cara de los contertulios- no sé cómo te puede gustar esta mierda…
-Joder, si vas a darme la noche ponemos otra cosa.
-Entonces, sí, voy a darte la noche.

Y me mira, y se ríe.

-¿De qué te ríes?
-De lo rara que eres y de la cara que pones mientras comes.

Me sonrío. Porque solo Helena es capaz de ser así de sencillamente encantadora.
Me lame los labios y los seca delicadamente con una servilleta.

-Eres un caso Helena…
-Sí, clínico. Pero tú ya deberías saberlo. Te dedicas todos los días a casos… Pero yo soy un caso especial… Digamos que soy tú caso…

Me retira el plato y se sienta a horcajadas sobre mí. Me levanta la camiseta y comienza a acariciarme los pechos…

La beso, le recojo el pelo y se lo sostengo entre las manos…
Helena es tan bella…

De pronto los contertulios suben su tono de voz… Helena deja su quehacer, que es el mío, y se da la vuelta indignada…

Ya no me queda otra que reír… Que descojonarme… Que volver a cuando teníamos veinte años y nuestros encuentros eran algo más apasionados…

Y es que la jodida rutina llega hasta a los más erótico, a lo más voraz, a lo íntimo, jodiéndolo todo.
Y tal vez por eso, odio todo lo que distrae al pueblo de lo realmente importante, de lo que nos pasa al lado y no hace ruido, de lo que nos interesa...

Termino de cenar y llamo al Doctor. Con él, por lo menos, estoy segura de que no terminaré compartiendo sexo con los espeluznantes protagonistas de los programas rosas… Por lo menos, creo, durante esta noche…



01 mayo 2007

De Noche


Cojo el coche. Pongo rumbo a la ciudad porque me apetece abanicar la noche a solas.

Mi casa está prácticamente terminada: tan igual de vacía a como lo ha estado los últimos meses, o años. Da igual.

No quiero ver al Doctor esta noche, ni escuchar a Helena con sus dilemas existenciales de juzgado de guardia. Una Helena que parece cómoda conmigo en casa, sobretodo, porque la okupa parezco yo, que suelo pasar inadvertida hasta para ella.
Es lo que quiero. No necesito que nadie sepa que existo.

Tampoco ésto es necesario, pero sí catalizador.

Salgo del coche que duerme ya en el parking. Me acerco a la barra del bar de siempre. No está la camarera, y me alegro, tampoco tengo ganas de charlar. En su lugar un morenazo impresionante.

La noche no es tan mágica como se suele representar, ni es nuestra oportunidad, ni el hombre de nuestros sueños aparece al fondo de la barra: allí suele estar el morador de las que serán nuestras pesadillas.
No sé por qué la gente se empeña en salir de noche.

Recuerdo que cuando era joven, al salir con el grupo de camaradas la noche era nuestra, y no tenía fin. Y estaba llena de casi todo, y nosotros receptivos como esponjas, inasequibles al desaliento aunque nos amaneciera, y nos dieran las doce del medio día y el día fuera nuestro también: siempre existía la posibilidad de que la vida diera un giro de 360 grados si seguíamos allí…

Algunas veces giraba, o se quedaba estática o alguien encontraba un rollo que tenía los días contados. Otras, las posibilidades se estiraban y tenías que dividir los días y las horas en más aún para poder dar abasto.

Supongo que he llegado al cenit. A un jodido horizonte en el que “el pescado ya está vendido”, como dice una vieja compañera. Un momento de mi vida en la que todo encaja de forma tan correcta que me empieza a dar miedo.

Mi trabajo marcha sobre ruedas. Mejor de lo que pensaba a priori, soy buena en lo que hago, a qué negarlo, y las expectativas de éxito se han multiplicado por mil. Me alegro, pero estoy acostumbrada precisamente a lo contrario. Tal vez, tenga que discutirle algún día a Eddi Vansi, que “el éxito no es fácil”.

El Doctor es mi pareja en este vía crucis amoroso en el que vivimos inmersos. En esta especie de balsa que flota sobre aguas tranquilas y claras. ¿Acaso no va a llegar ningún día la tormenta que mueva todos nuestros cimientos? Tanta calma mansa me crispa.

Me quiere. Le quiero, a mi manera, de la única forma en la que sé quererle. Dice que soy una mujer fría, distante, que si he sido siempre así o sólo es con él, pero yo ya no le doy explicaciones a nadie, y es su percepción, y no voy a llevarle la contraria si es lo que cree.
Es lo que hay.
No voy a darle más porque no hay nada más que dar.

Tranquila.

Me ensimismo en todo este discurso intrínseco a solas con mis pensamientos. Pido otra caña que paga gustosamente un caballero compañero de barra. Le sonrío. Es atractivo, pero como si quiere ponerme un piso en el centro, porque no estoy para nadie.

Paseo por Granada de noche. No hace demasiado frío, la gente ríe, grita, bebe, se besan o se insultan… Mis tacones resuenan al fondo de la calle.

Me paro frente a un escaparate y me miran raro: ¿es que sólo son visibles a media mañana? ¿Son menos interesantes o marcan diferentes precios de madrugada?

Me enciendo un cigarrillo y me siento en un escalón. Tampoco tengo nada mejor que hacer y el aire me sienta jodidamente bien en la cara.

Pienso en que tengo que dejar de fumar, que es una putada ser dependiente de esta mierda. Que es lo único que me ata, que me subyuga, de lo que soy sumisa consentida y consciente. Y creo que el Lunes es el peor día para hacerlo.

A mi lado se sienta un caballero cuarentón. Buena planta. Mejor vestuario. Magnífico olor.

Le digo que el Lunes es el peor día para dejar de fumar y le ofrezco un pitillo.

Me dice que sí, que también es un mal día para un divorcio. Y lo enciende.

De pronto me río: él tiene lo que yo busco y viceversa.

Le digo que ojala me divorciara yo también en el caso de que tuviera una pareja al uso.

Se ríe. Supongo que no entiende bien mi definición de “Pareja al uso”.

El jodido movimiento que me hace estar viva.

Unos muchachos me echan un piropo al pasar. Les doy las gracias por el halago y el caballero reafirma lo dicho por los mozos.

A su pregunta le digo que no, que si me pintase el pelo no tendría la cantidad de canas que tengo.

Tampoco él usa “just for men” y me alegra.

Nos vamos a su casa. Amanece. Tiene una terraza desde la que se puede contemplar la Alhambra. Me prepara un zumo mientras me visto y me dice que le gustaría hacer el amor conmigo…

A la vuelta, el Doctor duerme en el sillón de mi casa y la televisión continúa encendida y Helena no está, y hay varias copas en la mesa…

Preparo algo de comer. Nos sentamos.

El silencio…

04 marzo 2007

Aquellos zapatos...

Saqué del fondo del viejo armario del sótano esos tacones que me regaló mi madre hace ya casi mil años.

Tacones con los que yo jugué en mi niñez a ser adulta. Tacones que mi madre paseaba de joven mucho más esbelta que yo. Más altanera aún, más mujer tal vez de lo que yo lo seré nunca.
Ella es mucha mujer. Demasiada mujer.
Me senté, encendí un cigarrillo para recordarla, para recordarme...

En una de las primeras noches de mi juventud, cuando ya despuntaba mi sensualidad adornando con carmín mis pezones y prescindiendo de ropa interior, mi madre se asomó al baño mientras me acicalaba.

-Eres una mujer. Toda una mujer. Como has crecido…

-Venga mamá, no te pongas melosa...

Y se puso delante y me abrazó como cuando era niña, y me plantó un amplio beso en la frente.

Fue entonces cuando supe que mi madre era ya algo más que mi madre, que allí estaba la que sería hasta el día de hoy mi cómplice, mi camarada y mi amiga.

Se perdió en el pasillo de casa.

A su vuelta, ya tenía mis medias de cristal ceñidas a mi pierna, mi falda demasiado corta como para ser decente y unos labios rojos que acompañaban a mi melena negra, suelta, salvaje.

-Toma, estos zapatos son para ti. Estoy segura de que estarás hermosa con ellos... ¿Has quedado con él?
-Gracias- dije sin salir de mi asombro recogiendo unos sublimes zapatos de salón- sí, he quedado con él esta noche.
-Ten cuidado cielo: los hombres no están hechos para mujeres como nosotras. Que no te sorprenda nada de lo que te digan, ni de lo que te pidan, porque probablemente, quieran aún más. Incluso tenerte. Tú no perteneces a nadie cariño, ¿entiendes?

Y después de soltar una carcajada que en ese momento no supe bien como encajar, me dijo:

-Estoy segura de que vas a ser un quebradero de cabeza para las mujeres.

Salió del baño.

Me quedé mirando los zapatos. Eran extraordinarios. Me senté en el water, los alcancé. Primero uno y después el otro… Me puse en pié para mirarme.

Me sentí más mujer que nunca, más segura que nunca. Con esa jodida sensación de saberme dueña del mundo.

Fui hasta la habitación en la que mi madre leía plácidamente.

-Me marcho.

-Pásalo bien cariño.

Cuando ya salía, volví sobre mis pasos. Me acerqué a ella y la besé.

-Gracias mamá.

-De nada… Además, estoy segura de que no van a ser los únicos zapatos que adornen tu vida.

Y llevaba razón: mi vida siempre ha ido irremediablemente unida a unos tacones.



19 diciembre 2006

Tiempos Pasados...

-Me hubiera gustado conocerte antes.

-¿Antes de qué?- me dijo mientras servía unas copas.

Las fotografías, en la mayor parte de las ocasiones, me resultan antipáticas. No por otro motivo en especial como por el recuerdo que llevan ancladas.
Y a mí me gusta recordar solo en momentos puntuales.

-Antes, Doctor.

Me acercó la copa. Se sentó a mi lado y miró conmigo la fotografía que había tomado prestada de uno de sus estantes.
La recogió, la sopesó y se puso en pie.

-Tiempos pasados no fueron mejores que estos. Ni siquiera iguales.

-Ya…

-El espacio-tiempo, que tiene estos caprichos Tacones. Además, ¿es que no te gusta este Doctor que tienes ahora entre manos?

-Sí, claro que me gusta.

Y me recosté en su diván desnuda.

Dejé la fotografía en el suelo. Apoyé la copa en mi vientre. Cerré los ojos: desvelaba a veinteañero tras unas gafas de sol tamaño telefunken con un gesto de afanado esmero mientras escribe algo…
De fondo, un mar que engulle el resto.
A su derecha, una taza de café medio llena o medio vacía, vete tú a saber.
Un cigarro consumiéndose y alguien del otro lado fotografiándolo. Una mujer. Una mujer de las muchas que le habrán gozado. A las que le habrá dado un placer similar al que a mí me da. Con otra intensidad… Más o menos… En las mismas posturas o en diferentes.

Daba igual. Esa es la parte del pasado que menos me importaba. O por lo menos hasta ese momento de mínimo nirvana ensimismada en mis pensamientos.

-¿En qué piensas Tacones?

-En que me hubiera gustado conocerte antes.

Conectó la canción adecuada y se marcó unos pasos improvisados en el centro del salón.

-¿Cuándo?- tarareó al ritmo de la música.

-Cuando no teníamos pasado. Ni presente. Ni un destino que nos marcara en el tiempo. Cuando la vida pasaba como un trazo por nosotros y le hablábamos de tú.

-Baila conmigo, Tacones…

Y me levantó despacio y bailamos.

Siempre he preferido bailar desnuda que vestida. Tocar sin impedimento el cuerpo del acompañante. Percibir el vello erizado o las contracciones de los músculos.

Luego está el olor que desprenden los cuerpos en esa forma. Inigualable a otro conocido. Es tan cercano el perfume de la pareja que se hace irresistible… Y en ese momento lo era…

Le mordí en el cuello con una suave presión. Él correspondió agarrando con sus dientes el labio inferior.

Terminó la canción en ese momento, cuando ya estábamos tan excitados que notaba su sexo erecto cercano al mío.
Qué mejor que, de cuclillas, besarlo en ese instante en el que el resto de la estancia estaba de más.

La perspectiva del hombre en esa postura es interesante: cualquiera de ellos parece mucho más varón si es observado desde abajo.

Su respuesta, inequívoca: bajar los ojos hasta encontrarse con los míos que se alzaban y sonreír maliciosamente.

Trabajé despacio. Con todo el tiempo del mundo.

La felación requiere su técnica, así que, mientras la practico no me gusta que me molesten, ni que me interrumpan o que se afanen con excitarme a la vez, porque la excitación llega sola simplemente haciéndolo… Prefiero que me enciendan un pitillo, fumarlo lentamente para darle más juego al juego, lamer su pierna desde el tobillo, parar de rodillas un segundo para mirarle…

No podía ser de otro modo: al tiempo, la pretensión de una penetración oral por su parte. Accedí aún a pesar de lo incómodo de llevarla a cabo totalmente por la postura en la que me encontraba.

Qué placer.

Eyaculó haciendo diana. Como todo un experto. Lo agradecí.

-Tacones…

-Sí, dime- le respondí mientras recogía mi pelo en una coleta y me sentaba a fumar en una silla junto a un cerro de papeles que sin duda serían diagnósticos de patologías cotidianas…

-Antes no era tan pasado como soy ahora.

-Qué placer…

-¿Otra copa?

-Otra, por favor…

Me levanté y coloqué la fotografía en su sitio pensando que qué coño, que tiempos pasados no fueron mejores y que si el diablo es conocido por algo es por viejo, y no por diablo.

25 noviembre 2006

Ahora

-Me cuesta estar con él… Me cuesta y me excita- le dije a mi amiga Helena.

Porque después de todo, una puede tener un terapeuta que le sirva de puente entre el inconsciente y la realidad una vez en semana, un par si me apuran, pero, ponerse a compartir cama de forma asidua con uno, puede llevarte al borde del caos. Y si es el que te trata, aún más.

Definitivamente, me gusta el sexo.

No el sexo por el sexo, el de una noche.

No por negarlo a priori, o porque a estas alturas me haya convertido en una mojigata de armas tomar, más bien porque ya no sirvo para eso. Para el trajín que supone conocer, conquistar, decidir, evaluar y echar un polvo, a secas, con un desconocido en menos de una noche.

Tal vez sea cierto que con los años una se vuelve más exigente, más rancia, o que pone el listón más alto que cuando tenía treinta años. Pero ahora no cabe todo dentro de mi manera de concebir el sexo.

Porque el sexo ya es algo más.

Pasa incluso a convertirse en una forma de vida de la que tienes que sacar un provecho aún mayor que el placer en sí.
El placer por el placer llega a no ser placentero.
Necesitas que el orgasmo antes que físico sea mental. Que te penetre de tal forma intelectualmente que cree una dependencia, o como quieran llamarlo.

Solo de esa forma me satisface el sexo en esta época.

Él lo consigue. Se lo gana. Se lo trabaja. Y eso me excita tanto como una noche de lujuria desenfrenada.

-¿Y ese era el problema?- resolvió en decirme Helena mientras terminaba de hacerse su linda manicura francesa- pues habrás puesto una pica en Flandes, maja. Cualquiera sabe que a nuestras edades ya no sirve un mete saca.

-No es eso exactamente Helena.

-Hombre… Si su esfuerzo viene acompañado de una buena joya, siempre es doble esfuerzo- carcajeó tintando de blanco la punta de su uña meñique.

Reí. Helena me sentaba bien porque es mi contrapunto. El que estuviera en mi casa pasando un tiempo me agradaba.

Aunque me cueste reconocerlo, se me hacía difícil llegar a una casa nueva y no encontrar nada en ella. Apenas muebles, apenas nada.
Ni mi pájaro, ni José Luís, ni Albert, ni mi agenda hirviendo como una olla a presión.

A principios de Octubre Helena se ofreció a estar conmigo para pasar esta temporada de horas bajas. Siempre ha sido asidua en ayudar a los desfavorecidos, como si fuera una dama de beneficencia de este siglo.
Helena me hacía falta. Sus caricias siempre son bienvenidas.

-Joder Tacones, pero mira que engancharte con tú terapeuta… Pero si ni siquiera está casado. ¿Dónde está la gracia entonces para tí, niña?

Helena se levantó resoplando a sus manos con una afán digno de mejores causas.

-Estoy a gusto con él Helena. Por una vez creo que tengo una relación normal.

-Tú no eres normal Tacones. Lo que pasa es eso. Además él es, como poco, alcohólico. No tiene muy buena pinta que digamos.

-No me jodas Helena…

-Bueno, sí, formáis una pareja al uso, a vuestro uso, eso sí. Tal para cual. ¿Cuánto te va a durar?

Y no tenía ni idea. Me metí en la ducha.

-Lo que dure me basta.

Mientras caía el agua pensaba en las mil formas en la que habíamos jodido en su gabinete. En las mil formas que quedaban y en cómo, entrar por esa puerta, me hacía sentir lo mismo que una caída libre sin paracaídas.

-Bah… Intelectual, intelectual… Déjate de estupideces Tacones, que nos conocemos… ¿Qué coño te ha dado?- gritó Helena al otro lado de la puerta en una especie de monólogo interno que de repente se había hecho externo- ¿seguro que no te estás drogando o algo así?

-Sí Helena, ahora me drogo más que antes- le contesté con desdén mientras el agua me caía a raudales por la espalda.

-¿Por qué no vuelves con José Luís? Sabes… Te echa mucho de menos.

-No eres mi madre Helena, además, de volver, lo haría con Igor, sólo por joderte, guapa.

-Desde luego, eres insufrible, no me meto más, quédate con tu doctor.

-Bien, me quedo con él…

Y se fue mascullando no sé qué sobre mi estado mental. Estado que, por otra parte, no había estado tan lúcido desde hacía décadas. Tan en forma.

Salí desnuda al encentro de Helena.
La besé para reconciliarme y reconciliarla.

-¿Sabes qué coño me da?

-Déjame que te peine, Tacones… No, ¿qué te da?

Y la llevé hasta a mi cuarto para enseñarle la nueva colección de Tacones.

24 septiembre 2006

Segunda Sesión

Llegué puntual.
Abrió la puerta con su aire de estar instalado en otro planeta. Una sonrisa sincera me acogió.

-Buenas tardes, Tacones.
-Doctor…
-Pase, pase… No se quede ahí. Está usted en su consulta.
-Ya… Gracias…

Esta vez la situación se desenvolvía sosegadamente; la sesión anterior permitiría una tregua en esta. O por lo menos yo lo esperaba así.
No debía sucumbir a pesar de escuchar de fondo, apenas audible, a un Tom Waits que musitaba su borrachera en solitario. Era necesario poner en marcha el proceso catalizador, pasar a una catarsis sin resortes.

-Bien, usted dirá.
-Claro, supongo que me toca a mí hablar…
-¿Qué le trae a mí consulta?
-Tengo un problema.
-Tiene usted un problema… Creo que yo también: ¿le importa que me tome un güisqui?
-No, le ayudará. A mí también. Dos hielos, por favor.

Algo de bebida siempre viene bien.
Se sentó sobre un taburete junto a mí, que yacía cuan bella durmiente del siglo XXI en el diván.

-Ese problema, ¿es grave? ¿Cree usted que tiene solución?
-Claro. Estoy segura.
-Vaya mierda de problema entonces.
-Vaya un jodido y sincero terapeuta.

Nos reímos.
Amortiguamos el primer envite.
Bien... Habían pasado cinco minutos, tal vez diez, y no nos habíamos tocado.
Le vi mirarme las piernas, que se perdían bajo mi falda discreta, sin ostentaciones, con su punto justo a media pierna.

-Acabo de mandar mi vida al carajo.
-Sabia decisión.

Bebió de su copa asintiendo.

Intenté por un momento centrarme en la exposición de acontecimientos.
Me incorporé apoyando un brazo sobre el respaldo del diván y dejé caer la cabeza sobre mi mano.

-El caso es que acabo de romper con José Luís. También con Albert. He terminado de una vez por todas, con todos y cada uno de mis amantes. He dejado mi trabajo, mi piso y he dado en adopción a mi pajarraco chillón.

-Pobre, seguro que la echará de menos.
-De entre todos, el que más.
-¿Qué le ha llevado a tomar esa decisión?

Y la verdad es que no había un motivo explícito, ninguna motivación interna o externa que explicara por qué, de un mes para otro, me encontrase en una ciudad que no era la mía, a punto de retomar mi antiguo trabajo y sola.
Tal vez había llegado a ese punto sin retorno del “ahora o nunca”. A ese momento en el que dices que hasta aquí has llegado y que es necesario hacer otra cosa. Porque sabes que puedes hacerla y porque, lo que has estado haciendo te aburre.
Por una vez, desde hacía demasiados años, Tacones andaba sola. Casi había olvidado el placer del singular.
Resolví decirle tras resumir mi argumento mental:

-No hay motivos.
-Algo habrá Tacones. Nadie deja su vida en la cuerda floja y espera que esté igual a la vuelta. Nadie deja a su pareja, a su amante y los amantes por nada.
-Por nada no, pero, ¿qué me dice por todo?
-Eso sí… Todo, eso lo explica mejor… ¿De qué huye Malditos Tacones?

Huía de mí. Pero claro, eso ya lo sabía él desde antes incluso de ir a su consulta, no le daría ninguna información nueva.
En definitiva, estaba cansada de haber vivido.
Tras una vida tan singular como la que llevaba, sin nexos de unión duraderos, viviendo con un hombre que me atraía lo suficiente como para no compartir nada con él y amando a un caballero casado que se hallaba en trámites de divorcio por la que, se suponía, era la relación de su vida (conmigo, pobre Albert), veía necesario dar un giro de 180 grados.
Me asfixiaba pensar en Albert como mi futuro “todo”; A José Luís, despedirlo de casa desplazado por Albert y al resto de mis amantes tenerles como lo que siempre han sido: eso, accesorios colgados de la punta de mi tacón.
Enlazado a todo esto, además, un trabajo que me ataba de pies y manos; que me aturdía, me anulaba y me dejaba apenas sin horas en el día.

Nadie me iba a esperar al fin y al cabo al llegar a casa.

Tampoco nadie me iba a echar lo suficientemente de menos como para quedarme.

José Luís sabía que yo era así: que no había nacido para vivirle y que, haberse instalado en casa fue el principio del fin.
Albert se había enganchado, simplemente. Su mujer no le aportaba ya el efecto de novedad con el que yo jugaba con ventaja de ganadora. Pero para mí, la novedad dura lo que dura. Incluso si el amor se instala para joderla. Gana el pulso al sentimiento, esta cabeza mía que debió de haberse convertido en un gran y puñetero florero al nacer: solo así me habría casado y tendría un linda casa en la que colocar unos cuadros horteras que las visitas adorarían al entrar.

-¿Qué opinan de su decisión el resto de sus amantes?
-El resto no opinan porque no tienen por qué hacerlo. Ellos no cuentan.
-¿Qué va a hacer con tantos zapatos ahora? ¿Piensa montar un mercadillo?

Le miré desafiante: sabía que si lo hacía de nuevo, volvería a recolocar sus gafas y mesar su cabello mal peinado… Tal vez su corbata se descolocaría y necesitaría otro güisqui.

Fue así: primero colocó sus lentes, pasó su mano por el flequillo, ajustó la corbata y se levantó a por otra copa.

Me senté al filo del diván. Entreabrí las piernas y me quité los zapatos.

-Éstos, para empezar, se los regalo.

Los cogió por el tacón, haciendo balancear uno de ellos sobre su dedo índice. Esa señal inconsciente me perturbó por un momento: la sutileza de dejar pender los zapatos sobre un dedo me excitaba.

-¿Piensa irse descalza?
-Sí. Ya no los necesito. Éstos no. Son suyos.

Los dejó cuidadosamente a su lado. Los miró de soslayo, luego a mis piernas aún entreabiertas…

-Volvamos a lo que nos ocupa… ¿Dónde está el problema?
-Aquí.

19 septiembre 2006

Tacones en el Diván


-¿Acepta pago con tarjeta?

-Sí, bueno, no… Es que, de eso se encarga mi secretaria, yo, ya sabe…

Me miró colocando sus gafas con más torpeza que otra cosa.

Alcancé a coger mi sostén que yacía en el suelo como una joya dorada…

-Creo que se deja el bolso…

-Que despiste, gracias…

Esperaba que la cita fuera más ortodoxa, más formal, de rigor. Sabía que me enfrentaba a un alcohólico convencido, anónimo por derecho, y sabía que, en esa cancha, dominaba su ego desde el principio.

Pensé, de todas formas, que por su trayectoria, estaría mucho más sereno en el trato durante esta primera cita, como si yo hubiera sido una paciente desconocida o un nombre más en su lista.

Pero no fue así, qué coño.

Yo estaba tan excitada como una virgen ante el desnudo de su amante, y él tan excitado que podría haberme penetrado nada más entrar.

Y el caso es que fue así. No hubo demora, ni preliminares estúpidos, ni una tregua que deparase un par de copas y algo de jazz.

Ni había tiempo ni lo necesitábamos.

Todo fue desvestirnos mientras comenzábamos a penetrarnos con una premura de muerte súbita. Caer en el diván de cuero y follar a pierna suelta.

Sin decirnos, sin pedirnos otro permiso que el de girar el cuerpo para seguir de este o del otro lado.

Y fue así, sin más.

Llegué, lo sabía, me sabía: quería y yo también.

Nos lo hicimos. Terapéuticamente, eso sí.

La próxima sesión es esta semana. Espero tener oportunidad de consultarle mi problema.