30 enero 2011

Ardor Guerrero


Tal vez una tiene una predisposición natural para el sexo: una cualidad innata que la hace más receptiva a ver en ese acto un acto natural de reafirmación, una manera de supervivencia, una disciplina de crecimiento personal, una forma de saber que se es y que se está en cada momento.

Tal vez, lo más probable, es que en el fondo de este inconsciente colectivo que todos albergamos y que nos diferencia tanto como nos une, exista un atisbo de sexo animal; una reminiscencia de cuando follar era follar y no una especie de acuerdo de cuento en el que meterse en la cama tiene que seguir necesariamente unas pautas marcadas, da igual a las que te refieras, ya están escritas.

Porque follar tiene que ser una jodida lucha de titanes; meterse en una guerra con el otro en la que uno de los dos tiene que salir victorioso y en la que el orgasmo más bestial del mundo tiene que ser tuyo a toda costa; y eso requiere de un egoísmo sublime con el que a fuerza de practicarlo, acabas produciendo un placer tan inmenso en tu contrincante que podrías matarlo.
Porque solo si buscas una satisfacción máxima personal produces la misma satisfacción, solo si te retuerces se retuercen, si gritas gritan, si bramas braman, si pides te dan…

Mmmmm….

Y esto, hay que vivirlo joder. Vivirlo y sobrevivirlo. Porque no de todos estos combates sale una indemne y a veces, no puedes más que subyugarte porque el contrario es más fuerte que tu: porque su jodido dominio ya te ha perforado hasta el intestino y su sexo no hace más que empujarlo… En ese caso, se llega a un éxtasis tal que el resto no cuenta… Y ya te da igual que la argolla apriete, o que al final él gane y la que mueras de placer seas tú sintiéndote vencida

Porque al final, después del fragor de la batalla una sabe que ha follado como se tiene que follar cuando sentada esperando a que te pongan el café de media mañana, miras al resto de vecinos de barra y puedes observar en sus pupilas reflejado tu deseo.

Y para entonces, joder, ya has tomado la fuerza suficiente como para emprender una nueva búsqueda, un nuevo combate, un nuevo gong que indique el inicio de una nueva batalla…

29 enero 2011

Otra vuelta de tuerca



Pensar que tengo que volver a compartir mis días con Helena, sus amantes, sus problemas, sus bolsos y sus bolsas y su afán por convertirse en la mujer más bella del mundo me aburre, sinceramente.
Y no es porque ya no la quiera, o que me parezca que ya no tiene las mejores piernas del mundo y que perderse en ellas pueda resultar tentador y atractivo pero es que, una tiene ya sus pequeños vicios, que son muchos además y una edad y una vida lo suficientemente compleja para compartirla de nuevo con una loca.

-Tacones, bah.. Sólo esta vez, que estoy muy agobiada, porfa, joder...

Abro la puerta y aparece con su sonrisa de par en par, abierta, franca y me abraza.

-Te veo muy desmejorada amiga.

Y entra con su maleta de piel a empujones mientras cierro mi puerta maldiciendo para mí.

Para que luego me digan que no existe el eterno retorno, ni que la historia no se repite y chorradas de ese tipo: el que lo afirme, lo juro, se queda con Helena, sus historias, sus perfumes y su maleta.

Yo, que últimamente estaba centrada en mi trabajo, en mi mucho trabajo, en música, more music y en un par de amantes muy interesantes y que tenía poco interés en complicarme más la vida, me veo ahora con una adolescente cuarentona que no sabe si va o si viene...

En todo caso, siempre es divertido tener alguien a quien decir: "Nena, te veo muy desmejorada" o por lo menos, a ella parece que le funciona porque fue decírmelo y sentirse mucho mejor.

Qué jodido es a veces tener amigos, eh?

08 enero 2011

06 enero 2011

Anotación de Diciembre


Lo mejor de intimar con un desconocido es el tacto y lo digo tan convencida porque de intimar y de desconocidos voy sobrada.

Recorrer una nueva orografía, empaparse de un mapa tangible ajeno, particular, único en su especie.


También el olor del otro tiene su importancia, pero no es tanta como dicen, ni tan necesaria, ni tan útil; porque si hueles de lejos su intención, de antemano aburre y eso no es buena seña, ni invita a la pasión ni al desfase; Además, los olores acaban por mezclarse en los primeros contactos, y ya no sabes si olías a ti o a él, o a ellos, o a ellas, y eso, de ninguna de las maneras, le permite a una concentrarse.

El sentido de la vista determina en los primeros contactos los contactos posteriores, y a veces se vuelve paradójicamente el sentido más ciego y es por tanto que, de todos, acaba siendo el más engañoso e inútil.

Y el sabor sólo cobra importancia durante momentos puntuales, cuando ya no hay vuelta atrás y hay que devorarse, y comerse, y saborearse, pero es secundario, porque nunca se llega a ese punto sin que el tacto no haya determinado el resto.

Ni tampoco tiene importancia donde nos conocimos, y digo que no la tiene porque no creo que a nadie le importe, excepto a él y a mí, que estábamos allí porque queríamos encontrarnos, o porque sabíamos que, al final, algo nos llevaría del uno al otro y justo en el sentido contrario y porque sólo en sitios así sabemos los de nuestra especie que nos encontraremos: el caso es que de estar a compartir cama juntos distó prácticamente nada (y eso no pasa siempre, pero cuando pasa es acojonante y no tiene comparación con cualquier otra cosa) y el tiempo y el espacio convergió en una habitación de hotel de esos que aceptan parejas que van a follar a cualquier hora del día y de la noche sin pedir DNI ni chorradas por el estilo.


Y me gusta que su peso casi me asfixiase… Su manera de lastimarme lo justo para no hacerme sufrir. Su sumisión ante mi insumisión sin remedio, ante mi sumisión impostada que me queda de lujo y que él conoce y sabe de mis posibilidades y por eso me exprime como si fuera de su propiedad... Que quien sabe si al final es su argolla la que encaja en mi cuello.

Me gusta estar con él mientras hacemos tiempo para seguir con lo nuestro.


Pero de todo lo que es él me quedo con sus palmas de las manos tatuadas en mi culo y sus susurros jodidamente obscenos, y su acento, y su cuerpo que lamí palmo a palmo para no perderme nada.


Y me quedo con su tacto y con que mañana lo más probable es que no nos volvamos a ver... (pero eso, ya es otra historia)