13 enero 2006

Helena

Durante esta semana he faltado a mis citas sexuales consecutivamente Martes, Miércoles y Jueves; Es más, creo que la de hoy y la de mañana (y no sé si las de las semana que viene) tendré que posponerlas también.
He tenido un visitante imprevisto en casa. Se ha plantado de pronto en mi tranquila morada, acribillando mi timbre, con sus maletas de piel de vaca muerta y sus botas a juego, y su chaqueta también, y con una sonrisa a lo Charlie River que ponía los pelos de punta al más pintado, una vieja amiga.
Helena se echó a llorar justo cuando abrí la puerta. Me pidió auxilio político y si por favor le ponía una vez y otra y otra la película: “Cosas que nunca te dije”.
“Malditos Tacones” me dije “ésta se te instala”. Y se metió con su rimel corrido, con su maquillaje impermeable hecho una birria, dando taconazos hasta el salón.
-Joder Tacones, ¿todavía tienes este colorín chillón?- me dijo sollozando como un bebé en pleno cólico del lactante.
-Ya sabes que es recuerdo de familia Helena.
Le puso un trapo por encima para que el pobre no viera lo que se nos venía encima (qué suerte tuvo el canalla, ya me lo podría haber puesto a mí) y tal cual, se me abrazó como si yo fuera una tabla de salvación, una vigilante de la playa que acabara de rescatarla de un naufragio en patera.
Helena se había casado con un arquitecto progre cuando aún no tenía ni veinte años y él ya había pasado por aquel entonces los cuarenta. Ahora, tras descubrir unos cuernos tan grandes como el Banco de España, Helena sentía que su poder como fémina dominante había quedado a la altura del betún.
Mi vieja amiga, que siempre había pensando que una Lolita como ella era insustituible, se había dado de bruces con que su esposo, estaba enrollado con una moza de su quinta: “con arrugas además”, como me decía Helena, “con michelines”, que usaba una 46 (como si eso fuera un dilema existencial digno de una meditación kantiana) y que no había pasado por cirugía cosmética porque pensaba que, de esa guisa, seguía siendo atractiva.
Y joder, debía serlo, porque su marido había cambiado a un bombón treintañero por una onza de chocolate.
Demasiada información para cuando eran las doce de la noche tras un día de trabajo.
-Helena cielo, quédate aquí el tiempo que necesites, instálate, relájate, tómate un Diazepam y mañana hablamos.
Y mientras seguía llorando como una magdalena se pegó una ducha, le preparé una ensalada, la acosté en la cama que tengo para casos de emergencia y me acosté yo.
No pasó mucho tiempo hasta que Helena, suave, aterciopelada, oliendo como olía siempre a Chanel, se metió en la cama conmigo. Y de nuevo, como hacía cuando aún éramos jóvenes y dinámicas, se arqueó para abrazarme, y rozar con sus uñas de manicura francesa uno de mis pezones. Y apartar mi pelo para besarme justo detrás de mi oreja derecha… Y entrelazar su mano por entre mis piernas y subirla hasta el ombligo…
Y yo me di la vuelta. Y correspondí el trazado de su caricia, dibujando sus labios sobre su boca con la punta de mi lengua…
Y, sin zapatos que se interpusieran entre ambas, sentí útil cada uno de mis dedos.

5 comentarios:

A pesar de mí dijo...

Lo has hecho por una buena causa. A una amiga hay que atenderla, bajo cualquier circunstancia, con todo el cariño que sea capaz de soportar.

Dr. Strangelove dijo...

Magnífico! malditostacones. Magnífico!
Me gusta tu forma de comprender a una amiga.
En cuanto a lo de insertar imágenes, Blogger te ofrece una ayuda estupenda. Utilízala y saldrás de dudas. Es sencillo.
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Te mando dos besos (uno para cada mejilla).

FDF dijo...

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