28 abril 2009

LUTO



Cuanto voy a echarte de menos David.

Cuanto... .. .

04 marzo 2009

Me gusta.

Me gusta pasear sin un rumbo fijo, ni ningún lugar al que tenga que llegar.

Me gusta no tener que esperar a nadie, ni que nadie me espere al volver la esquina.

Mirar escaparates y sonreírle a las dependientas, porque sólo así el cristal se vuelve menos frío.
Me gusta comer piruletas: lo confieso. A estas alturas de mi vida y no creo que exista un mayor placer que quitar un plástico a un corazón y meterlo de una vez dentro de la boca.

Me gusta la ciudad en la que vivo y su mezcla de gentes.

Mis tacones y los adoquines que piso firmemente.

Me gusta mi trabajo, mucho;  Me gusta implicarme si sé que el resultado de la labor merece la pena; tiene sentido.

Me gustan los hombres que me gustan: mi particular colección de amantes que guardo con recelo en mi calendario. Me gusta sobretodo el jueves. Mi día.

Me gusta Jose Luís y su cara de sorpresa. Y cómo me hace el amor.

Me gusta  Helena, y su dulzura desde que es madre, y cómo intenta sobrevivir a su vida.

Me gusta mi vida con su desorden, y sus prisas, y sus poetas.

Me gustan mis libros, y sus notas al márgen, y las viejas cartas que ya dejamos de escribirnos.

Me gustan mis amigos y mis amigas, y sus discursos, y sus cantatas y sus borracheras, y sus familias...

Me gusta mi gente...

Me gusta Eddi Vansi, y pienso pegarme un buen polvo con él cuando encuentre su bar o cuando él me encuentre... .. .

Me gusta pintarme los labios rojos, y ponerme carmín en los pezones y usar el perfume justo para mi cuerpo.

Me gusta ser mujer política, ser roja, ser como soy y vivir como vivo.

Sí... Me gusta...

07 febrero 2009

Lo que él no sabe

Me excita. 
Sí.
Demasiado.
Él no tiene la culpa, ni lo hace adrede; ni siquiera conoce que tiene ese jodido don. 
Él no tiene más ideas que las que da el ímpetu de tener veinte años; su fuerza, su inconsciencia, sus prisas y su poco saber hacer.
Ese chaval no tiene ni la más remota idea de que con esa cara de pánfilo, de no haber roto más que dos o tres platos en su vida me puede poner como me pone.
Me excita. Sí. Para mí asombro.
Y el chaval llega con su pinta de rapero, sus piercings, sus manos malcuidadas, su gorra de lana. Y se me planta enfrente con una familiaridad que asusta. Y dice que viene sólo para saludarme, para verme, que pasaba por aquí, que va a recoger a su novia, que qué me cuento, que está en paro, que si le paso unos cuantos condones... 
Y tras su visita de rigor se va por donde vino.
Y me despido de él.
Y se despide de mí con un "cada día estás más guapa, joder".
Y le miro el culo cuando cierra la puerta...

Y coño, con qué ganas de montármelo con él me quedo.

Pero ni tiene cabeza ni, seguro, aguante.

14 enero 2009

TRISTES GUERRAS

TRISTES GUERRAS 
SI NO ES AMOR LA EMPRESA.
TRISTES, TRISTES.

TRISTES ARMAS
SI NO SON LAS PALABRAS.
TRISTES, TRISTES.

TRISTES HOMBRES
SI NO MUEREN DE AMORES.
TRISTES, TRISTES.

                           Miguel Hernández. "Cancionero y Romancero de Ausencias".


NO AL GENOCIDIO EN PALESTINA.
NO A LA GUERRA.




11 enero 2009

El principio

Le he pasado la mopa al blog, que falta le hacía. 
Me gusta como ha quedado. También aquí empiezo a poner un poco de orden.

Oye, quien sabe, lo mismo mañana me levanto con los dos pies a la vez y me da por tapar mis canas con un tinte, o ponerme lentillas de colores, o volver a fumar tras casi un año sin hacerlo, o hacer deporte como siempre prometo cuando acaba el domingo y me voy a dormir, o volverme fiel de repente y adorar a un solo hombre, o volver a la buhardilla y a escuchar a Boris Vian...

Quien sabe.

Lo importante es que esto comienza a tomar forma de nuevo.

Que ya es algo.

09 enero 2009

Entre lineas

Con los años se me da peor sobrevivir al invierno. Más aún cuando una gripe del tamaño del Everest se ha hecho conmigo, y no me suelta, y me hace vulnerable a casi todo. Sobretodo a la nostalgia, porque cuando estoy enferma me pongo muy tonta con esto del recuerdo.
Volver a leerle ha sido toda una afrenta. De pronto, todo el pasado ha vuelto y se ha hecho presente. Y me han sobrevenido unas ganas tremendas de asomarme por la ventana y gritar al vacío que sigo viva, que él también, que qué jodido que él sea como es y yo como soy, y que por mucho que volviéramos a nacer no nos pondríamos de acuerdo.
El caso es que me excita leerle imaginado que es un extraño. Como si volviese a ser ese desconocido al que reconocí hace no sé ya cuantos años. Ese hombre que me conquistó con su trazo de escritor de veras.
Pues sí.
Qué ganas me dan de dejar al mundo con su perorata y su tragedia por un rato y correr hasta tu lado, y que me hables con esa voz rajada que me sigue poniendo, y que me cuentes alguna de tus historias, o que hagamos algo de lo que se nos ha quedado en el tintero.

Esta jodida gripe, que me trae por la calle de la amargura, y que joder, también me deja un hueco para recordar que el algún sitio me queda un trozo de corazón que aún está lleno ti. Canalla.

05 septiembre 2008

Entre otras cosas...

Tras más de un año, con todos sus meses, sus días, sus horas; Con todo su tiempo lleno de cosas por, para y sin hacer, Helena fue madre de una niña hermosa, a la que llamó Luna en honor a las noches en vela. El padre de la criatura, un respetable padre de otra familia.

Helena y su Luna, y sus noches en vela de pañales y teta y biberones se instaló en casa. En una casa que hasta entonces había sido mía. Y es que, no escarmiento ni tampoco sé dejar a nadie en la estacada y joder, así no hay quien viva su vida, ni yo la mía.

Hace poco más de un mes que Helena consiguió enderezar su historia y alquilar un piso, no es que no lo hubiera hecho antes por falta de dinero, porque yo misma se lo hubiera prestado a cambio de recuperar algo de independencia, sino más bien, por falta de madurez; y eso, coño, ni se compra, ni se vende, si aparece de la noche a la mañana. Pero vaya si su hija a puesto un punto de cordura en su cabeza de transparencias y peinados magníficos.

Y ahora las echo de menos, a ella y a su hija. De pronto la casa se ha quedado en silencio.

He aprendido a olvidar a algunos de mis hombres y lo más jodido de todo, a engancharme justo del que no debo.

04 septiembre 2008

Septiembre

El tiempo pasa y tampoco es tan importante. Lo verdaderamente significativo es que yo también paso por él. De su misma manera: implacable, sin retorno, sin más futuro que dentro de un segundo.
Pasarán cientos de cosas a las que les sumaré las miles que han pasado y, aún así, seguiré siendo yo.

14 mayo 2007

Salsa


Hay algo que me pone frenética, que consigue sacarme de mis casillas y que estoy segura, delante de cualquier jurado, justificaría el crimen.

No soporto la combinación “Helena + Programas de Cotilleos”. Si ya por separado cuesta lo suyo hacerse a la idea de que existen y están ahí, la unión entre ambos es una bomba de relojería. Insufrible. Incomible y todos los “in”, hasta los inimaginables.

Estoy segura de que morir en un paredón de fusilamiento tiene que doler menos o por lo menos debe ser más rápido y menos consciente.

-Tacones, ¿no vienes?
- A dónde Helena.
-Niña, quédate quieta ya y siéntate aquí conmigo.

Helena es una maruja no confesa. Por mucho que sus joyas digan lo contrario, o que sus ropas de firma la hagan parecer una mujer sofisticada, y su cuerpo un lugar delicado donde yacer, cuando Helena está en casa, puedo jurarlo, se transforma en una maru-termanitor. Con sus manías de fregona, sus cremas, sus pedicuras y manicuras, sus comidas y sus batas, y, sobretodo, su televisión con sus chismorreos, y sus cotilleos, y sus cosas sobre otros que a mí, particularmente, no me interesan.

-Tacones, es que la Pantoja debería ir a cárcel. Sí, y la Zaldívar también…
-Helena, por mí como si las llevan a Guantánamo- le respondo desde la cocina.
-Qué desagradable eres. Tú dirás lo que quieras, pero es que no es justo lo que han hecho.
-Helena, lo que no es justo es lo que pasa en Irak, o en Afganistán o a la vuelta de la esquina… Bueno, qué más da…
-¡Pero coño! ¡Eso está tan lejos!- me responde como si realmente pensase lo que dice.

Y es que a veces, me da la sensación de que conmigo vive Susanita, la amiga de Mafalda. Tan simple como la sopa que la protagonista aborrecía.

-Joder Tacones, si es por echar el rato… Pero mira que te diga… ¿tú sabías que Julián Muñoz se había puesto en huelga de hambre?! Fíjate, como el terrorista ese…
-El terrorista ese… Joder Helena… ¿Por qué no te vas en busca y captura de alguien y de paso, a tomar el fresco? Es sábado mujer...

Y de pronto me siento como la madre soltera de una veinteañera con unas ganas horribles de que la niña se vaya a dar por culo a otro sitio y me deje en paz. Es mi casa, y por más que se lo explico, no le queda claro.
Es cierto, Helena es mi amiga, mi mejor amiga tal vez (cosa que aún no entiendo pero es) pero esta adicción suya por los tomates y las salsas no tiene perdón.

-Pues vete tú con tu Doctor, coño.
-Helena, no me calientes- me siento con ella y veo la cara de los contertulios- no sé cómo te puede gustar esta mierda…
-Joder, si vas a darme la noche ponemos otra cosa.
-Entonces, sí, voy a darte la noche.

Y me mira, y se ríe.

-¿De qué te ríes?
-De lo rara que eres y de la cara que pones mientras comes.

Me sonrío. Porque solo Helena es capaz de ser así de sencillamente encantadora.
Me lame los labios y los seca delicadamente con una servilleta.

-Eres un caso Helena…
-Sí, clínico. Pero tú ya deberías saberlo. Te dedicas todos los días a casos… Pero yo soy un caso especial… Digamos que soy tú caso…

Me retira el plato y se sienta a horcajadas sobre mí. Me levanta la camiseta y comienza a acariciarme los pechos…

La beso, le recojo el pelo y se lo sostengo entre las manos…
Helena es tan bella…

De pronto los contertulios suben su tono de voz… Helena deja su quehacer, que es el mío, y se da la vuelta indignada…

Ya no me queda otra que reír… Que descojonarme… Que volver a cuando teníamos veinte años y nuestros encuentros eran algo más apasionados…

Y es que la jodida rutina llega hasta a los más erótico, a lo más voraz, a lo íntimo, jodiéndolo todo.
Y tal vez por eso, odio todo lo que distrae al pueblo de lo realmente importante, de lo que nos pasa al lado y no hace ruido, de lo que nos interesa...

Termino de cenar y llamo al Doctor. Con él, por lo menos, estoy segura de que no terminaré compartiendo sexo con los espeluznantes protagonistas de los programas rosas… Por lo menos, creo, durante esta noche…



01 mayo 2007

De Noche


Cojo el coche. Pongo rumbo a la ciudad porque me apetece abanicar la noche a solas.

Mi casa está prácticamente terminada: tan igual de vacía a como lo ha estado los últimos meses, o años. Da igual.

No quiero ver al Doctor esta noche, ni escuchar a Helena con sus dilemas existenciales de juzgado de guardia. Una Helena que parece cómoda conmigo en casa, sobretodo, porque la okupa parezco yo, que suelo pasar inadvertida hasta para ella.
Es lo que quiero. No necesito que nadie sepa que existo.

Tampoco ésto es necesario, pero sí catalizador.

Salgo del coche que duerme ya en el parking. Me acerco a la barra del bar de siempre. No está la camarera, y me alegro, tampoco tengo ganas de charlar. En su lugar un morenazo impresionante.

La noche no es tan mágica como se suele representar, ni es nuestra oportunidad, ni el hombre de nuestros sueños aparece al fondo de la barra: allí suele estar el morador de las que serán nuestras pesadillas.
No sé por qué la gente se empeña en salir de noche.

Recuerdo que cuando era joven, al salir con el grupo de camaradas la noche era nuestra, y no tenía fin. Y estaba llena de casi todo, y nosotros receptivos como esponjas, inasequibles al desaliento aunque nos amaneciera, y nos dieran las doce del medio día y el día fuera nuestro también: siempre existía la posibilidad de que la vida diera un giro de 360 grados si seguíamos allí…

Algunas veces giraba, o se quedaba estática o alguien encontraba un rollo que tenía los días contados. Otras, las posibilidades se estiraban y tenías que dividir los días y las horas en más aún para poder dar abasto.

Supongo que he llegado al cenit. A un jodido horizonte en el que “el pescado ya está vendido”, como dice una vieja compañera. Un momento de mi vida en la que todo encaja de forma tan correcta que me empieza a dar miedo.

Mi trabajo marcha sobre ruedas. Mejor de lo que pensaba a priori, soy buena en lo que hago, a qué negarlo, y las expectativas de éxito se han multiplicado por mil. Me alegro, pero estoy acostumbrada precisamente a lo contrario. Tal vez, tenga que discutirle algún día a Eddi Vansi, que “el éxito no es fácil”.

El Doctor es mi pareja en este vía crucis amoroso en el que vivimos inmersos. En esta especie de balsa que flota sobre aguas tranquilas y claras. ¿Acaso no va a llegar ningún día la tormenta que mueva todos nuestros cimientos? Tanta calma mansa me crispa.

Me quiere. Le quiero, a mi manera, de la única forma en la que sé quererle. Dice que soy una mujer fría, distante, que si he sido siempre así o sólo es con él, pero yo ya no le doy explicaciones a nadie, y es su percepción, y no voy a llevarle la contraria si es lo que cree.
Es lo que hay.
No voy a darle más porque no hay nada más que dar.

Tranquila.

Me ensimismo en todo este discurso intrínseco a solas con mis pensamientos. Pido otra caña que paga gustosamente un caballero compañero de barra. Le sonrío. Es atractivo, pero como si quiere ponerme un piso en el centro, porque no estoy para nadie.

Paseo por Granada de noche. No hace demasiado frío, la gente ríe, grita, bebe, se besan o se insultan… Mis tacones resuenan al fondo de la calle.

Me paro frente a un escaparate y me miran raro: ¿es que sólo son visibles a media mañana? ¿Son menos interesantes o marcan diferentes precios de madrugada?

Me enciendo un cigarrillo y me siento en un escalón. Tampoco tengo nada mejor que hacer y el aire me sienta jodidamente bien en la cara.

Pienso en que tengo que dejar de fumar, que es una putada ser dependiente de esta mierda. Que es lo único que me ata, que me subyuga, de lo que soy sumisa consentida y consciente. Y creo que el Lunes es el peor día para hacerlo.

A mi lado se sienta un caballero cuarentón. Buena planta. Mejor vestuario. Magnífico olor.

Le digo que el Lunes es el peor día para dejar de fumar y le ofrezco un pitillo.

Me dice que sí, que también es un mal día para un divorcio. Y lo enciende.

De pronto me río: él tiene lo que yo busco y viceversa.

Le digo que ojala me divorciara yo también en el caso de que tuviera una pareja al uso.

Se ríe. Supongo que no entiende bien mi definición de “Pareja al uso”.

El jodido movimiento que me hace estar viva.

Unos muchachos me echan un piropo al pasar. Les doy las gracias por el halago y el caballero reafirma lo dicho por los mozos.

A su pregunta le digo que no, que si me pintase el pelo no tendría la cantidad de canas que tengo.

Tampoco él usa “just for men” y me alegra.

Nos vamos a su casa. Amanece. Tiene una terraza desde la que se puede contemplar la Alhambra. Me prepara un zumo mientras me visto y me dice que le gustaría hacer el amor conmigo…

A la vuelta, el Doctor duerme en el sillón de mi casa y la televisión continúa encendida y Helena no está, y hay varias copas en la mesa…

Preparo algo de comer. Nos sentamos.

El silencio…

04 marzo 2007

Aquellos zapatos...

Saqué del fondo del viejo armario del sótano esos tacones que me regaló mi madre hace ya casi mil años.

Tacones con los que yo jugué en mi niñez a ser adulta. Tacones que mi madre paseaba de joven mucho más esbelta que yo. Más altanera aún, más mujer tal vez de lo que yo lo seré nunca.
Ella es mucha mujer. Demasiada mujer.
Me senté, encendí un cigarrillo para recordarla, para recordarme...

En una de las primeras noches de mi juventud, cuando ya despuntaba mi sensualidad adornando con carmín mis pezones y prescindiendo de ropa interior, mi madre se asomó al baño mientras me acicalaba.

-Eres una mujer. Toda una mujer. Como has crecido…

-Venga mamá, no te pongas melosa...

Y se puso delante y me abrazó como cuando era niña, y me plantó un amplio beso en la frente.

Fue entonces cuando supe que mi madre era ya algo más que mi madre, que allí estaba la que sería hasta el día de hoy mi cómplice, mi camarada y mi amiga.

Se perdió en el pasillo de casa.

A su vuelta, ya tenía mis medias de cristal ceñidas a mi pierna, mi falda demasiado corta como para ser decente y unos labios rojos que acompañaban a mi melena negra, suelta, salvaje.

-Toma, estos zapatos son para ti. Estoy segura de que estarás hermosa con ellos... ¿Has quedado con él?
-Gracias- dije sin salir de mi asombro recogiendo unos sublimes zapatos de salón- sí, he quedado con él esta noche.
-Ten cuidado cielo: los hombres no están hechos para mujeres como nosotras. Que no te sorprenda nada de lo que te digan, ni de lo que te pidan, porque probablemente, quieran aún más. Incluso tenerte. Tú no perteneces a nadie cariño, ¿entiendes?

Y después de soltar una carcajada que en ese momento no supe bien como encajar, me dijo:

-Estoy segura de que vas a ser un quebradero de cabeza para las mujeres.

Salió del baño.

Me quedé mirando los zapatos. Eran extraordinarios. Me senté en el water, los alcancé. Primero uno y después el otro… Me puse en pié para mirarme.

Me sentí más mujer que nunca, más segura que nunca. Con esa jodida sensación de saberme dueña del mundo.

Fui hasta la habitación en la que mi madre leía plácidamente.

-Me marcho.

-Pásalo bien cariño.

Cuando ya salía, volví sobre mis pasos. Me acerqué a ella y la besé.

-Gracias mamá.

-De nada… Además, estoy segura de que no van a ser los únicos zapatos que adornen tu vida.

Y llevaba razón: mi vida siempre ha ido irremediablemente unida a unos tacones.



19 diciembre 2006

Tiempos Pasados...

-Me hubiera gustado conocerte antes.

-¿Antes de qué?- me dijo mientras servía unas copas.

Las fotografías, en la mayor parte de las ocasiones, me resultan antipáticas. No por otro motivo en especial como por el recuerdo que llevan ancladas.
Y a mí me gusta recordar solo en momentos puntuales.

-Antes, Doctor.

Me acercó la copa. Se sentó a mi lado y miró conmigo la fotografía que había tomado prestada de uno de sus estantes.
La recogió, la sopesó y se puso en pie.

-Tiempos pasados no fueron mejores que estos. Ni siquiera iguales.

-Ya…

-El espacio-tiempo, que tiene estos caprichos Tacones. Además, ¿es que no te gusta este Doctor que tienes ahora entre manos?

-Sí, claro que me gusta.

Y me recosté en su diván desnuda.

Dejé la fotografía en el suelo. Apoyé la copa en mi vientre. Cerré los ojos: desvelaba a veinteañero tras unas gafas de sol tamaño telefunken con un gesto de afanado esmero mientras escribe algo…
De fondo, un mar que engulle el resto.
A su derecha, una taza de café medio llena o medio vacía, vete tú a saber.
Un cigarro consumiéndose y alguien del otro lado fotografiándolo. Una mujer. Una mujer de las muchas que le habrán gozado. A las que le habrá dado un placer similar al que a mí me da. Con otra intensidad… Más o menos… En las mismas posturas o en diferentes.

Daba igual. Esa es la parte del pasado que menos me importaba. O por lo menos hasta ese momento de mínimo nirvana ensimismada en mis pensamientos.

-¿En qué piensas Tacones?

-En que me hubiera gustado conocerte antes.

Conectó la canción adecuada y se marcó unos pasos improvisados en el centro del salón.

-¿Cuándo?- tarareó al ritmo de la música.

-Cuando no teníamos pasado. Ni presente. Ni un destino que nos marcara en el tiempo. Cuando la vida pasaba como un trazo por nosotros y le hablábamos de tú.

-Baila conmigo, Tacones…

Y me levantó despacio y bailamos.

Siempre he preferido bailar desnuda que vestida. Tocar sin impedimento el cuerpo del acompañante. Percibir el vello erizado o las contracciones de los músculos.

Luego está el olor que desprenden los cuerpos en esa forma. Inigualable a otro conocido. Es tan cercano el perfume de la pareja que se hace irresistible… Y en ese momento lo era…

Le mordí en el cuello con una suave presión. Él correspondió agarrando con sus dientes el labio inferior.

Terminó la canción en ese momento, cuando ya estábamos tan excitados que notaba su sexo erecto cercano al mío.
Qué mejor que, de cuclillas, besarlo en ese instante en el que el resto de la estancia estaba de más.

La perspectiva del hombre en esa postura es interesante: cualquiera de ellos parece mucho más varón si es observado desde abajo.

Su respuesta, inequívoca: bajar los ojos hasta encontrarse con los míos que se alzaban y sonreír maliciosamente.

Trabajé despacio. Con todo el tiempo del mundo.

La felación requiere su técnica, así que, mientras la practico no me gusta que me molesten, ni que me interrumpan o que se afanen con excitarme a la vez, porque la excitación llega sola simplemente haciéndolo… Prefiero que me enciendan un pitillo, fumarlo lentamente para darle más juego al juego, lamer su pierna desde el tobillo, parar de rodillas un segundo para mirarle…

No podía ser de otro modo: al tiempo, la pretensión de una penetración oral por su parte. Accedí aún a pesar de lo incómodo de llevarla a cabo totalmente por la postura en la que me encontraba.

Qué placer.

Eyaculó haciendo diana. Como todo un experto. Lo agradecí.

-Tacones…

-Sí, dime- le respondí mientras recogía mi pelo en una coleta y me sentaba a fumar en una silla junto a un cerro de papeles que sin duda serían diagnósticos de patologías cotidianas…

-Antes no era tan pasado como soy ahora.

-Qué placer…

-¿Otra copa?

-Otra, por favor…

Me levanté y coloqué la fotografía en su sitio pensando que qué coño, que tiempos pasados no fueron mejores y que si el diablo es conocido por algo es por viejo, y no por diablo.

25 noviembre 2006

Ahora

-Me cuesta estar con él… Me cuesta y me excita- le dije a mi amiga Helena.

Porque después de todo, una puede tener un terapeuta que le sirva de puente entre el inconsciente y la realidad una vez en semana, un par si me apuran, pero, ponerse a compartir cama de forma asidua con uno, puede llevarte al borde del caos. Y si es el que te trata, aún más.

Definitivamente, me gusta el sexo.

No el sexo por el sexo, el de una noche.

No por negarlo a priori, o porque a estas alturas me haya convertido en una mojigata de armas tomar, más bien porque ya no sirvo para eso. Para el trajín que supone conocer, conquistar, decidir, evaluar y echar un polvo, a secas, con un desconocido en menos de una noche.

Tal vez sea cierto que con los años una se vuelve más exigente, más rancia, o que pone el listón más alto que cuando tenía treinta años. Pero ahora no cabe todo dentro de mi manera de concebir el sexo.

Porque el sexo ya es algo más.

Pasa incluso a convertirse en una forma de vida de la que tienes que sacar un provecho aún mayor que el placer en sí.
El placer por el placer llega a no ser placentero.
Necesitas que el orgasmo antes que físico sea mental. Que te penetre de tal forma intelectualmente que cree una dependencia, o como quieran llamarlo.

Solo de esa forma me satisface el sexo en esta época.

Él lo consigue. Se lo gana. Se lo trabaja. Y eso me excita tanto como una noche de lujuria desenfrenada.

-¿Y ese era el problema?- resolvió en decirme Helena mientras terminaba de hacerse su linda manicura francesa- pues habrás puesto una pica en Flandes, maja. Cualquiera sabe que a nuestras edades ya no sirve un mete saca.

-No es eso exactamente Helena.

-Hombre… Si su esfuerzo viene acompañado de una buena joya, siempre es doble esfuerzo- carcajeó tintando de blanco la punta de su uña meñique.

Reí. Helena me sentaba bien porque es mi contrapunto. El que estuviera en mi casa pasando un tiempo me agradaba.

Aunque me cueste reconocerlo, se me hacía difícil llegar a una casa nueva y no encontrar nada en ella. Apenas muebles, apenas nada.
Ni mi pájaro, ni José Luís, ni Albert, ni mi agenda hirviendo como una olla a presión.

A principios de Octubre Helena se ofreció a estar conmigo para pasar esta temporada de horas bajas. Siempre ha sido asidua en ayudar a los desfavorecidos, como si fuera una dama de beneficencia de este siglo.
Helena me hacía falta. Sus caricias siempre son bienvenidas.

-Joder Tacones, pero mira que engancharte con tú terapeuta… Pero si ni siquiera está casado. ¿Dónde está la gracia entonces para tí, niña?

Helena se levantó resoplando a sus manos con una afán digno de mejores causas.

-Estoy a gusto con él Helena. Por una vez creo que tengo una relación normal.

-Tú no eres normal Tacones. Lo que pasa es eso. Además él es, como poco, alcohólico. No tiene muy buena pinta que digamos.

-No me jodas Helena…

-Bueno, sí, formáis una pareja al uso, a vuestro uso, eso sí. Tal para cual. ¿Cuánto te va a durar?

Y no tenía ni idea. Me metí en la ducha.

-Lo que dure me basta.

Mientras caía el agua pensaba en las mil formas en la que habíamos jodido en su gabinete. En las mil formas que quedaban y en cómo, entrar por esa puerta, me hacía sentir lo mismo que una caída libre sin paracaídas.

-Bah… Intelectual, intelectual… Déjate de estupideces Tacones, que nos conocemos… ¿Qué coño te ha dado?- gritó Helena al otro lado de la puerta en una especie de monólogo interno que de repente se había hecho externo- ¿seguro que no te estás drogando o algo así?

-Sí Helena, ahora me drogo más que antes- le contesté con desdén mientras el agua me caía a raudales por la espalda.

-¿Por qué no vuelves con José Luís? Sabes… Te echa mucho de menos.

-No eres mi madre Helena, además, de volver, lo haría con Igor, sólo por joderte, guapa.

-Desde luego, eres insufrible, no me meto más, quédate con tu doctor.

-Bien, me quedo con él…

Y se fue mascullando no sé qué sobre mi estado mental. Estado que, por otra parte, no había estado tan lúcido desde hacía décadas. Tan en forma.

Salí desnuda al encentro de Helena.
La besé para reconciliarme y reconciliarla.

-¿Sabes qué coño me da?

-Déjame que te peine, Tacones… No, ¿qué te da?

Y la llevé hasta a mi cuarto para enseñarle la nueva colección de Tacones.

24 septiembre 2006

Segunda Sesión

Llegué puntual.
Abrió la puerta con su aire de estar instalado en otro planeta. Una sonrisa sincera me acogió.

-Buenas tardes, Tacones.
-Doctor…
-Pase, pase… No se quede ahí. Está usted en su consulta.
-Ya… Gracias…

Esta vez la situación se desenvolvía sosegadamente; la sesión anterior permitiría una tregua en esta. O por lo menos yo lo esperaba así.
No debía sucumbir a pesar de escuchar de fondo, apenas audible, a un Tom Waits que musitaba su borrachera en solitario. Era necesario poner en marcha el proceso catalizador, pasar a una catarsis sin resortes.

-Bien, usted dirá.
-Claro, supongo que me toca a mí hablar…
-¿Qué le trae a mí consulta?
-Tengo un problema.
-Tiene usted un problema… Creo que yo también: ¿le importa que me tome un güisqui?
-No, le ayudará. A mí también. Dos hielos, por favor.

Algo de bebida siempre viene bien.
Se sentó sobre un taburete junto a mí, que yacía cuan bella durmiente del siglo XXI en el diván.

-Ese problema, ¿es grave? ¿Cree usted que tiene solución?
-Claro. Estoy segura.
-Vaya mierda de problema entonces.
-Vaya un jodido y sincero terapeuta.

Nos reímos.
Amortiguamos el primer envite.
Bien... Habían pasado cinco minutos, tal vez diez, y no nos habíamos tocado.
Le vi mirarme las piernas, que se perdían bajo mi falda discreta, sin ostentaciones, con su punto justo a media pierna.

-Acabo de mandar mi vida al carajo.
-Sabia decisión.

Bebió de su copa asintiendo.

Intenté por un momento centrarme en la exposición de acontecimientos.
Me incorporé apoyando un brazo sobre el respaldo del diván y dejé caer la cabeza sobre mi mano.

-El caso es que acabo de romper con José Luís. También con Albert. He terminado de una vez por todas, con todos y cada uno de mis amantes. He dejado mi trabajo, mi piso y he dado en adopción a mi pajarraco chillón.

-Pobre, seguro que la echará de menos.
-De entre todos, el que más.
-¿Qué le ha llevado a tomar esa decisión?

Y la verdad es que no había un motivo explícito, ninguna motivación interna o externa que explicara por qué, de un mes para otro, me encontrase en una ciudad que no era la mía, a punto de retomar mi antiguo trabajo y sola.
Tal vez había llegado a ese punto sin retorno del “ahora o nunca”. A ese momento en el que dices que hasta aquí has llegado y que es necesario hacer otra cosa. Porque sabes que puedes hacerla y porque, lo que has estado haciendo te aburre.
Por una vez, desde hacía demasiados años, Tacones andaba sola. Casi había olvidado el placer del singular.
Resolví decirle tras resumir mi argumento mental:

-No hay motivos.
-Algo habrá Tacones. Nadie deja su vida en la cuerda floja y espera que esté igual a la vuelta. Nadie deja a su pareja, a su amante y los amantes por nada.
-Por nada no, pero, ¿qué me dice por todo?
-Eso sí… Todo, eso lo explica mejor… ¿De qué huye Malditos Tacones?

Huía de mí. Pero claro, eso ya lo sabía él desde antes incluso de ir a su consulta, no le daría ninguna información nueva.
En definitiva, estaba cansada de haber vivido.
Tras una vida tan singular como la que llevaba, sin nexos de unión duraderos, viviendo con un hombre que me atraía lo suficiente como para no compartir nada con él y amando a un caballero casado que se hallaba en trámites de divorcio por la que, se suponía, era la relación de su vida (conmigo, pobre Albert), veía necesario dar un giro de 180 grados.
Me asfixiaba pensar en Albert como mi futuro “todo”; A José Luís, despedirlo de casa desplazado por Albert y al resto de mis amantes tenerles como lo que siempre han sido: eso, accesorios colgados de la punta de mi tacón.
Enlazado a todo esto, además, un trabajo que me ataba de pies y manos; que me aturdía, me anulaba y me dejaba apenas sin horas en el día.

Nadie me iba a esperar al fin y al cabo al llegar a casa.

Tampoco nadie me iba a echar lo suficientemente de menos como para quedarme.

José Luís sabía que yo era así: que no había nacido para vivirle y que, haberse instalado en casa fue el principio del fin.
Albert se había enganchado, simplemente. Su mujer no le aportaba ya el efecto de novedad con el que yo jugaba con ventaja de ganadora. Pero para mí, la novedad dura lo que dura. Incluso si el amor se instala para joderla. Gana el pulso al sentimiento, esta cabeza mía que debió de haberse convertido en un gran y puñetero florero al nacer: solo así me habría casado y tendría un linda casa en la que colocar unos cuadros horteras que las visitas adorarían al entrar.

-¿Qué opinan de su decisión el resto de sus amantes?
-El resto no opinan porque no tienen por qué hacerlo. Ellos no cuentan.
-¿Qué va a hacer con tantos zapatos ahora? ¿Piensa montar un mercadillo?

Le miré desafiante: sabía que si lo hacía de nuevo, volvería a recolocar sus gafas y mesar su cabello mal peinado… Tal vez su corbata se descolocaría y necesitaría otro güisqui.

Fue así: primero colocó sus lentes, pasó su mano por el flequillo, ajustó la corbata y se levantó a por otra copa.

Me senté al filo del diván. Entreabrí las piernas y me quité los zapatos.

-Éstos, para empezar, se los regalo.

Los cogió por el tacón, haciendo balancear uno de ellos sobre su dedo índice. Esa señal inconsciente me perturbó por un momento: la sutileza de dejar pender los zapatos sobre un dedo me excitaba.

-¿Piensa irse descalza?
-Sí. Ya no los necesito. Éstos no. Son suyos.

Los dejó cuidadosamente a su lado. Los miró de soslayo, luego a mis piernas aún entreabiertas…

-Volvamos a lo que nos ocupa… ¿Dónde está el problema?
-Aquí.

19 septiembre 2006

Tacones en el Diván


-¿Acepta pago con tarjeta?

-Sí, bueno, no… Es que, de eso se encarga mi secretaria, yo, ya sabe…

Me miró colocando sus gafas con más torpeza que otra cosa.

Alcancé a coger mi sostén que yacía en el suelo como una joya dorada…

-Creo que se deja el bolso…

-Que despiste, gracias…

Esperaba que la cita fuera más ortodoxa, más formal, de rigor. Sabía que me enfrentaba a un alcohólico convencido, anónimo por derecho, y sabía que, en esa cancha, dominaba su ego desde el principio.

Pensé, de todas formas, que por su trayectoria, estaría mucho más sereno en el trato durante esta primera cita, como si yo hubiera sido una paciente desconocida o un nombre más en su lista.

Pero no fue así, qué coño.

Yo estaba tan excitada como una virgen ante el desnudo de su amante, y él tan excitado que podría haberme penetrado nada más entrar.

Y el caso es que fue así. No hubo demora, ni preliminares estúpidos, ni una tregua que deparase un par de copas y algo de jazz.

Ni había tiempo ni lo necesitábamos.

Todo fue desvestirnos mientras comenzábamos a penetrarnos con una premura de muerte súbita. Caer en el diván de cuero y follar a pierna suelta.

Sin decirnos, sin pedirnos otro permiso que el de girar el cuerpo para seguir de este o del otro lado.

Y fue así, sin más.

Llegué, lo sabía, me sabía: quería y yo también.

Nos lo hicimos. Terapéuticamente, eso sí.

La próxima sesión es esta semana. Espero tener oportunidad de consultarle mi problema.

14 julio 2006

Hotel Amor

A continuación del hall, las escaleras.
Ya en la habitación me senté en la cama y le miré. Él de pie hizo lo mismo.
Estuvimos un rato así. Observando como se iba devorando el tiempo que restaba para nuestra nueva huída. Esperando otra vía de escape, otra excusa para no volver a vernos durante otra larga temporada.
Estaba decidida a olvidarle cuando terminara aquella noche, superando el miedo y creyendo de veras que lo que hacía sería lo correcto. Que lo justo era volver con Albert, con mi vida y dejar que el hombre que había irrumpido en mi vida tras quince años, volviera a la suya, con sus prisas, sus trabajos, sus estudios de erudito y su Facultad.
Porque, estamos predestinados a no estar juntos. Porque lo nuestro, de todas, todas, es imposible.
Se sentó a mi lado.
Miré su pelo moreno con detenimiento y me pareció que jamás, ni de jóvenes, lo había tenido así de bello.
No había perdido la frescura con los años. Todo lo contrario: las arrugas al borde de sus ojos daban a su expresión un punto de dulzura extra.
Me sentí más joven que nunca, como si el tiempo se hubiera detenido y nos devolviera a aquellas noches verano de hace quince años.
Volvió su vista a mi vestido de gasa blanco, tan parecido a aquel que quedó en el suelo nuestra primera noche. Y se despertaba mi deseo al observar en sus ojos el interés, como si fuéramos dos desconocidos, como si nunca hubiéramos compartido cama.
Agachándose tomó uno de mis tobillos.
Subió por mi pierna izquierda hasta la rodilla.
Desabroché dos botones que dejaron ver mi pecho desnudo.
Se arrodillo delante, como si de pronto quisiera pedirme en matrimonio y tomó mis rodillas entre sus manos cerrando mis piernas.
Apresé el aroma a canela que desprendía su cuerpo y Albert apareció como un espectro en mi memoria, como un espía de mi infidelidad premeditada.
Me acarició el pelo.
Me empujó suavemente hacia delante y besó mis muslos.
Los abrió y lamió su interior.
Reposé mis piernas en sus hombros.
Vio mis bragas blancas, como subían hasta el ombligo. Entonces comenzó a ponérsele dura. Muy dura. Salía casi por la bragueta. Aquella visión le seguía poniendo tan caliente como antes.
Me alegré de comprobar en sus ojos una mirada lasciva de complacencia.
Me apoyé sobre mis antebrazos en la cama mirándole desde una perspectiva casi imposible.
Besó mis bragas.
Mordió sobre ellas con el cuidado de retener entre sus dientes mi clítoris.
Di un grito pequeño muestra de alivio.
Levantó mis nalgas leves.
Apartó lo justo las bragas para que se quedaran en medio de mi coño, dejando al descubierto uno de sus labios hinchados por el deseo.
Mordisqueo y babeo a destajo, sin tregua.
Se enroscó en mi ombligo.
Se puso en pie.
Desabrochó su pantalón que amenazaba con estallar.
Se lo quitó.
Se deshizo del slip dejando el sexo al descubierto.
Uno a uno desabroché el resto de botones que fruncían el vestido a mi cuerpo.
Me quedé desnuda sentada en la cama, con las bragas blancas y sin los zapatos de tacón alto.
Me apoyé sobre mis rodillas.
Él se puso de pie en la cama y me observó desde arriba: cómo cogí su sexo y le besé en el glande.
Luego me puse a cuatro patas y lamí su sexo con ansia, recorriendo con la punta de la lengua desde los tobillos hasta el punto que separa el ano de los genitales.
Qué bueno ese olor a sexo entremezclado con el de nuestro deseo.
Me la metí entera en la boca, sin dilación, apretando contra mi cara su cuerpo. Queriendo arrancar su miembro haciendo degluciones.
Me separé con la misma gana.
Se sentó junto a mí, jugando con mis pechos, besando mi sexo.
Me dio la vuelta y le miré de reojo con una media sonrisa de aprobación. Como si a estas alturas de nuestro reencuentro hicieran falta licencias de algún tipo.
Se dejó caer sobre mí, sentí su peso y refunfuñé de gusto.
Metió su pene entre mis nalgas apresándolo entre ellas y su mano se escurrió hasta mi sexo frotándolo fuerte.
Húmedos los dos, ansiados de estar dentro el uno del otro, enredados en un solo cuerpo, abrió mi culo y se metió despacio.
Él sabe que estoy diseñada para el sexo y me retorcí, me encogí, me dilaté, moviéndome a un ritmo pausado para que pudiera entrar hasta el fondo.
Una vez así me incorporé hasta quedar mis pechos más a su mano para que pudiera disponer de ellos a su gusto.
-Fóllame- le dije.
Y nos follamos hasta quedar exhaustos, hasta dejar dentro de mí la última gota de su aliento.
Hasta caer yo con mi melena melena morena sobre la sábana blanca.
Hasta saber que, a partir de ese día, ni él ni yo seríamos los mismos.

Hotel Amor

A continuación del hall, las escaleras.
Ya en la habitación me senté en la cama y le miré. Él de pie hizo lo mismo.
Estuvimos un rato así. Observando como se iba devorando el tiempo que restaba para nuestra nueva huída. Esperando otra vía de escape, otra excusa para no volver a vernos durante otra larga temporada.
Estaba decidida a olvidarle cuando terminara aquella noche, superando el miedo y creyendo de veras que lo que hacía sería lo correcto. Que lo justo era volver con Albert, con mi vida y dejar que el hombre que había irrumpido en mi vida tras quince años, volviera a la suya, con sus prisas, sus trabajos, sus estudios de erudito y su Facultad.
Porque, estamos predestinados a no estar juntos. Porque lo nuestro, de todas, todas, es imposible.
Se sentó a mi lado.
Miré su pelo moreno con detenimiento y me pareció que jamás, ni de jóvenes, lo había tenido así de bello.
No había perdido la frescura con los años. Todo lo contrario: las arrugas al borde de sus ojos daban a su expresión un punto de dulzura extra.
Me sentí más joven que nunca, como si el tiempo se hubiera detenido y nos devolviera a aquellas noches verano de hace quince años.
Volvió su vista a mi vestido de gasa blanco, tan parecido a aquel que quedó en el suelo nuestra primera noche. Y se despertaba mi deseo al observar en sus ojos el interés, como si fuéramos dos desconocidos, como si nunca hubiéramos compartido cama.
Agachándose tomó uno de mis tobillos.
Subió por mi pierna izquierda hasta la rodilla.
Desabroché dos botones que dejaron ver mi pecho desnudo.
Se arrodillo delante, como si de pronto quisiera pedirme en matrimonio y tomó mis rodillas entre sus manos cerrando mis piernas.
Apresé el aroma a canela que desprendía su cuerpo y Albert apareció como un espectro en mi memoria, como un espía de mi infidelidad premeditada.
Me acarició el pelo.
Me empujó suavemente hacia delante y besó mis muslos.
Los abrió y lamió su interior.
Reposé mis piernas en sus hombros.
Vio mis bragas blancas, como subían hasta el ombligo. Entonces comenzó a ponérsele dura. Muy dura. Salía casi por la bragueta. Aquella visión le seguía poniendo tan caliente como antes.
Me alegré de comprobar en sus ojos una mirada lasciva de complacencia.
Me apoyé sobre mis antebrazos en la cama mirándole desde una perspectiva casi imposible.
Besó mis bragas.
Mordió sobre ellas con el cuidado de retener entre sus dientes mi clítoris.
Di un grito pequeño muestra de alivio.
Levantó mis nalgas leves.
Apartó lo justo las bragas para que se quedaran en medio de mi coño, dejando al descubierto uno de sus labios hinchados por el deseo.
Mordisqueo y babeo a destajo, sin tregua.
Se enroscó en mi ombligo.
Se puso en pie.
Desabrochó su pantalón que amenazaba con estallar.
Se lo quitó.
Se deshizo del slip dejando el sexo al descubierto.
Uno a uno desabroché el resto de botones que fruncían el vestido a mi cuerpo.
Me quedé desnuda sentada en la cama, con las bragas blancas y sin los zapatos de tacón alto.
Me apoyé sobre mis rodillas.
Él se puso de pie en la cama y me observó desde arriba: cómo cogí su sexo y le besé en el glande.
Luego me puse a cuatro patas y lamí su sexo con ansia, recorriendo con la punta de la lengua desde los tobillos hasta el punto que separa el ano de los genitales.
Qué bueno ese olor a sexo entremezclado con el de nuestro deseo.
Me la metí entera en la boca, sin dilación, apretando contra mi cara su cuerpo. Queriendo arrancar su miembro haciendo degluciones.
Me separé con la misma gana.
Se sentó junto a mí, jugando con mis pechos, besando mi sexo.
Me dio la vuelta y le miré de reojo con una media sonrisa de aprobación. Como si a estas alturas de nuestro reencuentro hicieran falta licencias de algún tipo.
Se dejó caer sobre mí, sentí su peso y refunfuñé de gusto.
Metió su pene entre mis nalgas apresándolo entre ellas y su mano se escurrió hasta mi sexo frotándolo fuerte.
Húmedos los dos, ansiados de estar dentro el uno del otro, enredados en un solo cuerpo, abrió mi culo y se metió despacio.
Él sabe que estoy diseñada para el sexo y me retorcí, me encogí, me dilaté, moviéndome a un ritmo pausado para que pudiera entrar hasta el fondo.
Una vez así me incorporé hasta quedar mis pechos más a su mano para que pudiera disponer de ellos a su gusto.
-Fóllame- le dije.
Y nos follamos hasta quedar exhaustos, hasta dejar dentro de mí la última gota de su aliento.
Hasta caer yo con mi melena melena morena sobre la sábana blanca.
Hasta saber que, a partir de ese día, ni él ni yo seríamos los mismos.

08 julio 2006

Instante


No existe ningún momento que se pueda equiparar a "después de..."

17 junio 2006

Él


Lo más probable es que las cosas no tengan importancia, o por lo menos, que no sean todo lo importante que pensábamos a priori.
Lo más natural es que nos importe un carajo lo que pueda pasar, lo que pasa, lo que ha pasado.
Lo ideal sería que todo reducto de nuestra memoria a largo plazo sólo pudiera salir a la luz a través de un par de sesiones de hipnosis.

Pero no, coño.

Todo, hasta el último detalle que pasó desapercibido, queda intacto en algún lugar del cerebro, del inconsciente, de como quieran llamarlo y, del mismo modo, cualquier olor, sonido, fotografía, sabor o imagen, hace renacer a través de un proceso eminentemente involuntario no inducido, una retahíla de acontecimientos que, supuestamente, ya no existían…
Pero joder que sí, que estaban ahí, que los habíamos alimentado mezclando la realidad con el sueño, con lo que imaginábamos, anhelábamos, con lo que hubiéramos querido que fuera, con lo que fué.

Ayer al salir de trabajar, decidí hacer una parada en esa cafetería que tanto me gusta de Plaza Nueva, que tanto frecuento por su cristalera gigante que me permite divisar qué pasa al otro lado.

Me siento.
Me vuelvo a poner las gafas. Desconecto el móvil. Echo un vistazo a la prensa del día… No me interesa… Pido un café sólo, con hielo, fresquito…
Cruzo mis piernas desnudas deleitándome con el tacto suave de la piel al rozarse una con otra. Me gustan mis piernas en verano. Son tan ellas…

Saco el libro. Siempre llevo un libro en el bolso para casos de emergencia como estos. “Música de cañerías”. De nuevo releo a Bukowski.

Un lápiz con el que profanar de nuevo el texto que leeré, porque siempre hay algo sorprendente que se me pasó por alto.

Me sumerjo en ese remanso de paz que supone perder el tiempo, todo el tiempo del mundo…

-¿Me pone un té con leche?

Miro a la mesa de al lado. El lápiz cae al suelo.
Recoloco las gafas…

¿Cuánto ha pasado? ¿Quince años?

Se planta en mi cabeza la imagen de su piso: casi en el Centro de Granada por aquella época… Un piso descuidado, como era él, dotado de un perfecto desorden en el que todo estaba repartido aleatoriamente. Su casa era una metáfora del caos, como a él le gustaba definirla.
¿Dónde habían estado todos esos recuerdo guarecidos? Las noches escribiendo en nuestros cuadernos, él en el sillón blue, yo en el red…
El jazz...
Las obras de teatro a cuatro manos, discutiendo, renegando de un Gardel que nos distraía de lo importante, que nos hacía salir a bailar en mitad del salón, un tango improvisado que nunca quisimos perfeccionar.

Y, tras la imagen de aquellos días de bohemia: la noche en que le conocí…
¿Cómo había podido borrar mi memoria a aquel hombre de esa manera tan tajante?

-Gracias… ¿Le importaría traerme otro azucarillo?

Mis lentes no mentían… Estaba segura… Era él…

Recuerdo como aquella noche en que le conocí, había salido con una amiga a “abanicar la velada” como ella solía decir. Cómo mi camarada se paró con un conocido a charlar y cómo yo me quedé en un segundo plano mirando al acompañante del conocido de mi amiga…

Cómo nos sonreímos… Nos acercamos.
Cómo comenzamos a besarnos como si la vida nos fuera en ello, ante la sorpresa de nuestros amigos, que no sabían si reír, si hacernos palmas o llamar a los servicios de urgencias psiquiátricas.

Y cómo nos largamos, dejando pasmados a nuestros respectivos colegas, besándonos hasta llegar a su refugio… Y follar salvajemente toda la noche, con un ansia que rayaba en lo obsesivo, como si aquella hubiera sido la primera vez que compartíamos cama con un extraño…
Y mí despedida silenciosa con la misma sonrisa con que comenzó la historia la noche de antes mientras él dormía.
Sin saber nuestros nombres, ni tener otro conocimiento mutuo que el corporal…

-Gracias por el azucarillo… ¿Tienen tarta de chocolate?

Desde aquella noche mágica, volvimos a vernos.
Sí, más veces, más por azar, por el destino o por una guía ingrávida que hacía que coincidiéramos como por arte de magia… De nuevo devorarnos, sin hablarnos, sin decirnos nada; Sin saber nuestros teléfonos, ni quiénes éramos, sin quedar de antemano… Simplemente sabíamos que coincidiríamos más veces, que nuestras vidas estaban intrínsecamente cruzadas.
El sexo era nuestro único medio de comunicación. ¿Nos hacía falta algo más, acaso?

Tras más de un año en esa situación surrealista, recuerdo la tarde que al encontrarnos me dijo:

-¿Te apetece un café?

Fue la primera vez que le oía hablar desde que habíamos comenzado nuestra peculiar historia, también fue la primera en que él escuchó el tono de mi voz…

-Sí, claro…

Y fuimos creciendo en amistad, en artes amatorias varias, en conocimiento mutuo…
Luego llegaron nuestras otras relaciones, nuestras vidas, y nuestra relación perfecta de amantes: de conquistadores de un mundo que por aquella época se no hacía un bocado, porque era pequeño y estaba en nuestras manos, y sabíamos cómo dominarlo…
Y escribir sin tregua, escribirnos, anotar todo en cuadernos, publicar hasta hartarnos…

Luego fue su piso, mi piso, las noches en vela entre ambos, la creación… Sus musas en mi cama, mis hombres en la suya… Fueron los tríos, la sodomía como moneda de cambio, el mirar, el mirarnos…

¿Cómo había obviado lo que conformaría, sin duda, los determinantes de mi futura vida sexual y amorosa?

El tiempo, las rutinas, su marcha…

Alguna Navidad, algunas vacaciones…

Su trabajo lejos…

Mis amantes, mi pajarraco chillón…

Sus amantes, sus musas…

El olvido…

-Disculpe, ¿tendría usted un bolígrafo?

Levanté la vista, una vista que disimulaba leer interesada lo que relataba un Bukowski borracho…

-Tome…

Le miré a los ojos y le sonreí…

Su cara se iluminó, les aseguro que no me lo imaginé…
Me sonrió…

Me levanté…
Le besé.
Me besó.

Nos besamos…

Qué razón llevaba Gardel… Si veinte años no son nada, quince, un “mañana te veo…”

Marchamos juntos. Sin decirnos nada.

Supongo que el hielo de mi café acabó por derretirse y que su tarta de chocolate fue pasto de unas moscas encantadas con el regalito improvisado…

03 junio 2006

Albert, Parte Tercera: Chin-Chin

Vale, lo sé. Coño. Lo sé.

Sé que debería seguir con esta historia como la tenía trazada: relatar por partes el descubrimiento de Albert y lo que actualmente supone este hombre en mi existencia.
Terminar de narrar cómo después de pagar aquellas cañas, paseamos durante horas por una Granada que no reconocía con él al lado.
Cómo mi agenda de hombres casados, ha pasado a un segundo plano sin más explicación que un presente que me absorbe en una espiral de la que, entreveo, no hay retorno.
Cómo José Luís está instalado en mi vida y yo en la suya. Cómo sobrevivimos sin más motivación que el aquí y el ahora.
Y, por supuesto, cómo Albert se ha transformado en mi amante perfecto.

No se molesten si he saltado hasta la sobremesa casi...
Tampoco la vida me permite las licencias que le solicito, ni el tiempo se detiene por mí. Ni el trabajo me permite vacaciones antes de Agosto.

Pero, todo debe continuar…. … .

“-Le diré que me he entretenido mirando Tacones”

Pagamos las cañas…

-¿Le apetece pasear, Tacones?
-Claro…

Encaminamos la Carrera del Darro hacia no sabíamos bien dónde, tal vez para poder llegar hasta el Rabo de Nube y allí contemplar una Alhambra solitaria vestida de domingo…
Él, las manos en los bolsillos, el periódico debajo del brazo…
Yo, asida al bolso como si éste fuese mi último refugio.
Estaba nerviosa… Tanto como una adolescente en su primera cita.

Había algo en Albert que me atraía: le miraba mientras él silbaba una tonada improvisada… “¿Qué tiene este tipo, Tacones?” De arriba a abajo, de abajo a arriba: ¿qué me hacía estar pegada a un desconocido sin la necesidad de anotarle como candidato perfecto para mis noches de martes y jueves, sin preámbulos ni historias, ni motivos, como lo había hecho siempre con el resto de hombres?

-Sabe Tacones, me gusta estar con usted…
-A mí también…
-¿Tiene pareja, Tacones?
- Tratándose de usted, no.
- No es algo importante, Tacones. Era sólo para confirmar la necesariedad de que yo tuviera.

Desde ese momento supimos que la partida había empezado: que teníamos todas las piezas sobre el tablero y que, incluso, éramos capaces de intuir los movimientos que acontecerían.

Puso un brazo sobre mi hombro y seguimos paseando. En silencio. Sin interrumpirnos, sin entorpecer la trama monumental que nuestras cabezas estaban perpetrando sobre nosotros: sobre lo que arrastrábamos, sobre nuestros presentes, nuestros futuros…

-¿Hacemos aquí la primera parada de nuestro particular vía crucis?

Albert paró en el Rabo de Nube.

-Por supuesto, repongamos fuerzas.

Ya lo tenía, ya sabía qué tenía Albert que no había intuido en el resto de hombres: al observar como me miraba de soslayo, como me encendió el pitillo que me iba a fumar, se sentó, dejó el periódico apoyado en la mesa, y pidió decidido dos cañas, sin dejar de acariciar mis piernas debajo de la mesa, sentí qué Albert me atraía por ser un tipo jodidamente corriente… Sin más, Albert era Albert. Y no tenía nada que ocultar porque lo dejaba todo a la vista.

En ninguno de los hombres que he tenido había observado la naturalidad con la que se estaba desenvolviendo Albert, que llegaba a comportarse de una manera puramente ingenua en el sentido más filosófico de la palabra.
Planeaba sobre mi cabeza la posibilidad de que, hasta aquella noche, a ninguno de los hombres que habían sido mis amantes, les di la oportunidad de ser ellos mismos; Porque en definitiva, no me interesaba, ni me convenía, ni ellos necesitaron otra cosa que hacer de nuestras vidas un lugar divertido para ambos.

Sólo Jose Luís, que me conoció antes de iniciar mi carrera de "solitaria debidamente comprometida a diario", se dignaba a comportarse tal cual era. Pero de él era esperable, entendible, inevitable.
En Albert fluía... Era él desde que me espetó que aquél era su sitio y su tabaco y su periódico y su...

Sabía que con Albert ya no decidiría el día, cómo, cuándo y dónde. Ahora sería yo quien me dejaría hacer. Y con mucho gusto.

-Me gustan tus zapatos, Tacones…
-Te los regalo… Tengo la sensación de que contigo me va a gustar ir descalza…

No había nada más que mascar, había caído como una niña en las redes de un cupido estúpido que amenazaba con asetearme a doble tiro de flecha…

Y sí, ¿qué pasa?

Me gusta Albert, le disfruto, me disfruta...

Aún a pesar de su mujer...

Aún a pesar de Jose Luis...

Aún a pesar, no se olviden, de que Tacones no es mujer de un solo hombre... .. .